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Todos contra todos (7)

Por Luis Rodas, Pastor de Casa de Oración Missio en Salta, Argentina.

Para entender bien este artículo es muy importante que hayas leído las anteriores partes de “Todos contra todos”.

Una forma muy común de uso equivocado de la Biblia consiste en no tener en cuenta quiénes son los protagonistas de cada historia y el contexto en el que hicieron o dijeron algo, y luego aplicar esos hechos o esos dichos a situaciones actuales que son totalmente distintas.

Por ejemplo, encontramos a Jesús en Mateo 23:33 diciendo: “¡Serpientes, generación de víboras”. Esto es bíblico, así sucedió, podemos tener plena seguridad de que eso fue lo que exactamente Jesús dijo.  Ahora, imaginemos que tres hermanos genuinos tienen problemas porque no se ponen de acuerdo si el ‘arrebatamiento’ será antes de la ‘Gran Tribulación’, durante o después. Y entonces uno de los tres les grita a los otros: “Ya lo dijo Jesús: ¡Serpientes, generación de víboras, arrepentíos!”. Al ser confrontado por su actitud este hermano dice: “Yo no hice nada malo. Jesús actúo exactamente como yo. Él mismo dijo esas palabras”.

¿Es mentira de que Jesús actúo así y dijo esas palabras? ¡Claro que no! Es verdad. ¿Entonces dónde está el problema? Simple: en que, para poder usar bien la Biblia, debemos tener muy en cuenta quien está hablando, a quién se dirige y por qué dice lo que dice. En el ejemplo, Jesús se estaba dirigiendo a escribas y fariseos, cuya piedad era completamente falsa, estando “llenos de hipocresía e iniquidad” (Mateo 23:28). Estos eran parte de una ‘generación de víboras’, culpable de “toda la sangre justa… desde la sangre de Abel” en adelante (Mateo 23:29-35). Gente que en Juan 8:44 Jesús define de una manera muy clara: “vosotros sois de vuestro padre el diablo”.

Trasladar estas palabras de Jesús a otro tipo de persona es anti bíblico y pecaminoso.

¿Cómo debo actuar?

Debo evitar las discusiones sin sentido: “Recuérdales esto, exhortándoles delante del Señor a que no contiendan sobre palabras, lo cual para nada aprovecha, sino que es para perdición de los oyentes” (2 Timoteo 2:14).

Debo tener cuidado de no discutir sobre cosas que no entiendo bien y basado en que leí no se qué libro o vi no se qué video. Ya que corro peligro de desviarme a ‘vana palabrería’: ”… se apartaron a vana palabrería, queriendo ser doctores de la ley, sin entender ni lo que hablan ni lo que afirman” (1 Timoteo 1:6,7).

A veces afirmamos algo tan seguros simplemente porque hemos leído un artículo por internet que fulano de tal copió de mengano, que a su vez lo sacó de la página de zutano que pegó partecitas que encontró por ahí. ¡Cuidado! Pablo nos advierte claramente que no nos distraigamos con discusiones necias y que nuestro orgullo no nos lleve a creernos doctores de la ley bajo nuestra propia opinión, mientras que en realidad no entendemos ni lo que hablamos  ni lo que afirmamos.

¿En qué nos debemos concentrar? 1 Timoteo 1:5: En el ‘amor nacido de corazón limpio’. En tener una ‘buena conciencia’. En una ‘fe no fingida’. “De las cuales cosas desviándose algunos se apartaron a vana palabrería” (1 Timoteo 1:6).

Debemos seguir “lo que contribuye a la paz y a la mutua edificación” (Romanos 14:19). Centrarnos en lo que es “útil para enseñar” (2 Timoteo 3:16), provechoso, fundamental de nuestra fe. Y sobre lo que no es fundamental o medular, aplicamos el “vínculo perfecto”: “el amor” (Colosenses 3:14). Hablamos con humildad, sabiendo que nada debemos hacer “por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo” (Filipenses 2:3). Teniendo claro que “ahora vemos por espejo, oscuramente” (1 Corintios 13:12) y que hay muchos puntos no fundamentales a nuestra salvación que sólo comprenderemos al resucitar en gloria (1 Corintios 15:43). Hacemos bien en estar atentos a las palabras de Pablo a los soberbios Corintios: “Y si alguno se imagina que sabe algo, aun no sabe nada como debe saberlo” (1 Corintios 8:2).

Por esto, cuidado, “no erréis; las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres” (1 Corintios 15:33).

¿Y qué cuando tengo un problema personal con mi hermano?

Hay una enorme diferencia entre ‘contender ardientemente por la fe’ (Judas 3) y tener un problema personal con un hermano. Jamás encontrarás que la Palabra de Dios justifique que porque tienes algún problema personal con alguien vayas por ahí gritando ‘apóstata’, ‘hereje’, ‘hijo del diablo’. ¡Jamás! Todo lo que hagas al respecto no será “defensa de la fe”, sino una triste defensa personal.

Hay momentos donde el Señor te llamará a aclarar difamaciones que te puedan hacer, diciendo lo que realmente sucedió y expresando tu posición bíblica al respecto. Pablo lo hacía (2 Timoteo 4:16; Hechos 22:1-21). Algo muy diferente es ir por todo lugar criticando a aquel que te hirió, te defraudó, te ofendió, te despidió, a aquel con el que discutiste o a aquel con el que, incluso, fuiste tú quien no entendió qué sucedió.

Nosotros debemos tener muy claro cuando se trata de un problema personal. A esto, vuelvo a decir, no le podemos llamar ‘defensa de la fe’. En casos así nuestras expresiones de ‘apóstata’, ‘generación de víboras’ y demás, no son más que un sangrar por la herida.

En los problemas personales, aún una expresión bastante suave como “necio”, es pecado: “Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego. Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda. Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto que estás con él en el camino, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel. De cierto te digo que no saldrás de allí, hasta que pagues el último cuadrante” (Mateo 5:21-26).

Tal vez alguien diga: “No, mi problema no es personal. Es cierto que tuve un problema con él. Pero yo le hablo a todo el mundo mal de esa persona porque no quiero que lastime a nadie más”. Como excusa es bastante buena. El problema es que en la mayoría de los casos es simplemente eso: una excusa. Una excusa para que nuestra herida sangre tranquila y para vomitar todo nuestro rencor y nuestro deseo de venganza sin ningún problema.

¿Qué es entonces lo que debo hacer bíblicamente?

Jesús dice: “reconcíliate primero con tu hermano” (Mateo 5:24). Nosotros, “si es posible, en cuanto dependa de nosotros, (debemos estar) en paz con todos los hombres” (Romanos 12:18).

En algunos casos la otra persona no para de atacarte y de buscar tu destrucción, por lo que no hay muchas maneras de arreglar cuentas. Bajo esas circunstancias, luego de un tiempo considerable, cabe la posibilidad de que no estés tratando con un hermano. La Biblia dice que “todo aquel que aborrece a su hermano es homicida; y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él” (1 Juan 3:15). Mas, aún así, la Biblia nos ordena: “Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mateo 5:44).

Vuelvo a decir: si se trata de un problema personal, no estás en posición de ‘defender’ ninguna supuesta fe. Es muy probable que si no puedes obedecer el mandato de Jesús de Mateo 5:44 de amar a tus enemigos, todo tu griterío de defensa personal esté bañado de lo que expresa claramente Hebreos 12:15: “Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados”.

En la octava parte, si el Señor lo permite, continuaremos hablando sobre nuestra relación con nuestros hermanos en la fe.